lunes, 31 de julio de 2017

Oquedades


Mendigo,
a las puertas del mercado,
como uno de esos locos de voluntad,
llorando por un futuro subrogado
que aliente la esperanza
de tener una mano abierta que aferrar.

Desnudo,
en medio de una avenida
abarrotada de modas trasnochadas
que alumbran como chispas
la noche eterna de uno de esos caminos
que, como todos, lleva hasta Roma.

Desangelado,
con las alforjas llenas
de las piedras de caminos ajenos,
en habitaciones deshabitadas
de querencias, pero siempre abiertas
al polvo frío de noches de sexo
sin aliento, sin llamas,
de ojos halógenos.

Viento,
en remolinos sin dirección,
sin patria ni alojamiento,
sin sed,
sin hambre,
sin miedo.

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